Sobre el duelo: Adiós Papá
De algún modo siempre estuve preparándome para la muerte de mi madre, que parecía más inminente que cualquier otra debido al diagnóstico de la enfermedad que tenía. Alguna vez una monja en el colegio me dijo que ella conocía a otra señora que se había muerto de esclerosis y que tenía que estar preparada, me ataque a llorar de solo pensarlo, ¿con quien más me iba a quedar en el mundo?¿con mi padre alcohólico?
Yo no tenía abuelos vivos, todos habían muerto cuando yo era niña, ni hermanos por parte de mamá, mis tíos, cada uno tenía su vida. Quizá con quien hubiese sido más fácil quedarse hubiera sido con mi tía Mónica, la hermana de mi mamá, quien vivía al lado nuestro. Entre una de las tantas peleas con mi padre, alguna vez me dijo que así yo no quisiera tarde o temprano me iba a tocar vivir con él porque mi mamá se iba a morir. Técnicamente siempre me estuve preparando para la muerte de mi mamá, la cual afortunadamente no ha llegado, pero en un giro inesperado, fue él quien murió primero. Yo no lo podía creer porque, aunque con el ritmo de vida que llevaba mi papá y con cada recaída que tenía le aparecían más males, él como un roble, siempre se recuperaba para salir de las hospitalizaciones.
Mi papá siempre fue vigoroso, tan abierto a la vida y parecía tan fuerte, que a la final, las cantidades casi industriales que consumía de alcohol y la vida ajetreada entre tantas mujeres, vicios, aventuras le pasaron factura. Cada año las hospitalizaciones y su demencia derivada del consumo del alcohol eran peores, cada vez estaba más tieso y las manchas en su piel por la afectación del hígado eran más notorias. Finalmente no pudo resistir que Minerva su ''novia'' lo traicionara estafándolo y robándole sus ahorros, así que yo creo que él, cansado de muchas otras cosas, sumada esta como la gota que derramó el vaso, se dejó morir.
Estaba arrojado en una hamaca en las ruinas de esa casa en Sampués que le había comprado a Minerva, la cual lucía en la realidad tan distinta a como ella se la habóa vendido a través de fotos. Entonces no me quedó más que suplicarle a Álvaro, el vecino y mandadero, que por favor se encargara de subir a mi papá a un avión, que lo hidratara y lo bañara. Mi papá llegó y estuvo un par de días bien, pero el declive fue en cuestión de dos meses.
Comenzó a beber como si con cada sorbo le entregara un pedazo de vida a la botella. Sus piernas ya no le permitían tener equilibrio, su piel estaba completamente irritada, el hígado estaba cargado de toxinas, su memoria, pese a tener apenas 60, parecía la de alguien de 85 a quien se le olvida todo lo ocurrido en el corto plazo, y... dejar de consumir licor era peor que consumirlo, pues el síndrome de abstinencia era inminente.
Yo no vivía con él, vivía en las afueras
de la ciudad, en Chía, así que venía una vez a la semana a visitarlo. Estaba tan
chorreado y sucio, que yo misma me encargué de quitarle la ropa como a un bebé
y meterlo a la ducha, sin embargo se me cayó y se golpeó el coxis. Después de
eso, en cuestión de una semana nada
volvió a ser igual. Pese a que yo lo había afiliado a un servicio de atención
médica domiciliaria, precisamente porque en su estado de alicoramiento me daba
miedo darle cualquier medicamento para calmarle el dolor, el vecino que lo cuidaba le dio una pastilla, que pese a que nunca nos dieron los resultados de la autopsia, pienso yo que fue el arma homicida, pero yo no vivía con él, su cuidador se había convertido Mauricio, ese vecino, quien a cambio de
usarle las tarjetas de crédito, hasta le limpiaba el rabo.
El 26 de junio de 2019 se suponía que tenía el
simulacro para presentar el examen internacional, y poder graduarme de la
universidad, ya que yo no había aprobado el semestre anterior ese examen para salir a prácticas. Sin embargo, aquella mañana cuando iba
camino a la universidad, recibí una llamada de Mauricio diciéndome que mi papá
estaba muy grave y que iban camino al hospital. Yo pensé que esta vez sería
igual a la otras, que estaba grave, pero que lo superaría, nada de vida o
muerte, así que le dije a Mauricio que apenas presentara el examen salía para
allá y me dijo: -'no hay tiempo, tu papá ha perdido mucha sangre, se nos está
yendo, vente ya-.
Llegué, encontré a Mauricio. Y me dijo que mi papá estaba en
la sala de reanimación, inconsciente. Hablé con los médicos y el pronóstico que
me dieron no fue nada alentador. Me dijeron que ya lo habían reanimados una
vez, que los signos estaban mal y que quizá podía volver a entrar en paro. La
causa: se le había estallado una úlcera gástrica.
En ese instante la máquina de los signos vitales dejó de mostrar picos para mostrar una línea recta que no variaba. Fue el final. Como en las películas, se nos fue. ¡Mi papá se nos fue!
El dolor era indescriptible, sentí mucha ira: con él por rendirse, con Ana María por dejarlo ir sin alentarlo, ira
conmigo misma por no haber estado más
presente, por no haber podido hacer más, por no haber persistido en intentarlo
antes como las otras veces para que lo desintoxicaran. 17 días antes lo había
llevado a la Clínica de la Sabana, donde se negó rotundamente adejarse atender.
Los enfermeros dijeron que en contra de su voluntad no podían atenderlo, así yo les explicara que era una persona que mentalmente no estaba bien. Y no
lo atendieron. Yo no tenía la fuerza física para arrastrarlo u obligarlo, en especial
porque aún estaba alicorado y él a veces podía tornarse muy agresivo.
Me sentí
culpable por no estar más presente, sentí rabia con el sistema de salud y con
su alcoholismo que me lo arrebató y me dejó sin un papá que me
lleve al altar el día que me case, sin un papá que me aplaudiera al graduarme
con honores o que se emocionara con mis campañas. Quedé sin 'papi' que de algún modo me resolviera económicamente la vida, en
medio de peleas y todo, pero que me solventara. Su muerte me hizo convertirme
a la fuerza en una adulta funcional en todo el sentido de la palabra.
Cuando me dijeron que se había muerto y que tocaba iniciar todo el trámite con medicina legal, salí a buscar un poco de aire porque aun no lo podía creer y con toda la frustración, rabia y dolor reprimidos, estallé en llanto y me derrumbé en el suelo. No podía pararme, no podía respirar. Creo que se me nubló la mente, no recuerdo bien cómo salí de ese hospital. Le avisé a la familia, llegaron acompañarme, sus primas que fueron como unas hermanitas menores, mi tío Mauricio (mi padrino y hermano de mi mamá) y no recuerdo si alguno de mis primos. Se que ahí estaba aun Mauricio, su vecino.
Tuve que venir a su apartamento vacío y encontrar toda la escena desastrosa, sin embargo creo que Mauricio, el vecino, mandó a que viniera alguien a limpiar porque no vi todo el reguero de sangre, sino unas ligeras manchas en las cobija. Busqué la ropa para que lo arreglaran en la la funeraria, escogí la ropa que más le hubiera gustado a él. Los zapatos más bonitos, aunque ya ni me acuerdo si eran cafés o negros, yo asumo que fueron cafés . Le busqué un jean, por supuesto, él amaba los jeans; un cinturón café y una camisa de jean, que se desapareció, en el hospital me dijeron que faltaba una camisa, fue demasiado raro no sé si la borraron o su espíritu la cogió, que sé yo, pero me tocó ir de compras al centro comercial que quedaba cerca al hospital, con una tristeza sublime, a buscarle la camisa a un muerto y una que fuera a ser de su agrado, porque él siempre fue muy vanidoso. Quien diría que hasta en su funeral estaba estrenando ropa. Nana, su prima menor, me acompañó a recibir el cadáver en la morgue para que se lo llevara la funeraria y a comprar la camisa. Cuando me hicieron entrega del cadáver para que la funeraria lo recogiera, me sentí tan pasamada, no podía creer que no hubieran tenido la decencia de cerrar sus ojitos o la boca y que tuviese tal cara de sufrimiento.Tuve que tomar valeriana, igual que cuando murió
mi abuelita Fanny, la mama de papa. Creo que esa noche fue nos recogió en la la
funeraria mateo, mi ex, manejó mi carro y nos llevó a casa. No recuerdo más.
Tengo recuerdos muy borrosos de la misa de cremación y del entierro, solo que mis hermanas querían que habláramos de la sucesión ahí mismo. Fue indolente de su parte, quizá ellas no estaban tan afectadas porque no eran muy cercanas a papá. Siento que el pensar en plata no hizo que viviera mi duelo. Los días siguientes sentí el vacío y el dolor más desgarrador que había sentido. No tuve ganas de bañarme ni comer, ni ver la luz del día como en 3 días. Empecé a sentir una depresión horrible. Lloré mucho, nunca más iba a ver a mi papá. Lo publiqué en redes, con un video emotivo que había hecho junto a él días antes de morir.
Aunque mis hermanas no estuvieron de acuerdo en
que lo subiera que porque se veía alicorado y a él no le hubiera gustado que lo
viesen así. A mi no me importó, mi papá en ese video me decía cuánto me amaba.
Yo creo que a la final era un poco de
envidia de que la comunicación con ellas siempre fue casi nula. En especial, con
Mónica, mi hermana mayor.
Procesar su muerte fue muy difícil, creo que
estuvimos en estado de negación casi un año, pues el apartamento de él duró ese
tiempo vacío sin arrendar y nostras pagando servicios, administración y por mi
lado yo arriendo en Chía. El día de la misa de
mi papá, recuerdo que estaban sus amigos, mi primo cargando el ataúd en la
iglesia y que faltaba un hombre, Mateo, mi ex, no estaba preparado para estar
allí, tenía una camiseta de Colombia que contrastaba con los trajes oscuros de
los demás.
Ponernos de acuerdo con mis hermanas, con quienes
siempre habíamos sido distantes, pues cada una era hija de uhna mamaá distinta
, fue complejo. A la final aunque salía mas costoso invertimos la última
pensión de mi papá en enterrarlo de una forma que le hubiese gustado. Compramos
una urna ecológica que costó casi tres millones para enterrarlo junto a un
árbol, lo que no sabíamos era que habían ocho huecos más alrededor del mismo
árbol. Seguro que si los espíritus hablasen, mi papá que era bien amiguero, ya
se habría hecho amigo de sus vecinos.
Recuerdo que nos dieron unas rosas, que hubo un violín y que nos dieron un papel para escribirle una carta que entraríamos con las cenizas. A mi mamá la movió una especie de tractorcito para que, pese a su silla de ruedas, pudiese llegar al lugar del entierro. No recuerdo más, solo que empecé a estar muy triste y que a los pocos días de enterrar a mi papá mateo acabó nuestra relación. Aquel julio tuve el cumpleaños más triste de toda mi vida. Siempre recuerdo a mi papá con la canción 'Brindis' de Thalia, pues me decía siempre: El día que yo me muera recuerdame cuando escuches esa canción.
A la final, aunque me culpé me di cuenta que no
era mi culpa las decisiones de mi papá, dentro de todo su muerte se sintió un
poco como un descanso, venía ya desde mis 15 años, hasta los 23 batallando con
las recaídas de su adicción. De pelear, de pasar necesidades, dentro de todo su
muerte nos solventó la vida a mi mama y a mi que heredamos uno de sus
apartamentos y en plena pandemia no teníamos ni como pagar el arriendo de donde vivíamos en Chía.











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